
Con una ala rota, sigo volando
- Pamela Letona

- 10 ene
- 1 Min. de lectura
Hay realidades que no se eligen.
Llegan sin permiso, se instalan en el cuerpo, en la rutina, en los silencios.
Duelen.
Y no porque uno sea débil, sino porque son reales.
A veces el dolor no grita: cansa.
Cansa levantarse con un cuerpo que ya no responde igual.
Cansa aceptar que ciertas capacidades se han ido, aunque la voluntad siga intacta.
Cansa explicar lo invisible a quienes solo creen en lo que se ve.
Hay días en los que el alma quiere avanzar, pero el cuerpo pone límites.
Y ahí ocurre el quiebre interno: no entre rendirse o seguir,
sino entre aceptar y negar.
Yo sigo adelante.
No porque sea heroína.
Sigo porque no hay otra opción honesta.
Sigo con una ala rota.
Y no, no es metáfora bonita: es aprendizaje forzado.
Es entender que volar ya no será igual,
pero seguiré moviéndome hacia el cielo, aunque sea más bajo, más lento, más consciente.
La vida no siempre premia el esfuerzo.
A veces solo te pide resistencia.
Y eso también es valentía.
He aprendido que la fortaleza no siempre se ve elegante.
A veces se ve cansada, callada, con lágrimas contenidas y fe sostenida a pulso.
Una fe que no promete milagros, pero sí sentido.
No romantizo el dolor.
No lo agradezco.
Lo integro.
Porque aun herida, sigo creando.
Aun limitada, sigo amando.
Aun rota, sigo de pie.
Si hoy también caminas con una ala rota, no te compares con quienes vuelan alto.
Compárate contigo:
con todo lo que has sobrevivido
y aún estás aquí.
Eso ya es vuelo.












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